BALCONES

Opinión. Por Cristóbal Cobo

Balcones. Guerra de banderas
Balcones. Ilustración de Juan Manuel García

Los balcones son algo muy importante en España. Casi un factor civilizatorio para nuestra cultura (y para nuestra incultura).

La mala fama de los balcones nació hace varios años, por culpa de los guiris, mayormente turistas ingleses idiotas que, desconocedores en sus sombrías tierras de los alegres usos de los floridos balcones septentrionales, inventaron el “balconing”, o arte de descalabrarse lanzándose desde la terraza del apartamento a la piscina, con el resultado de varias muertes, fracturas y parálisis permanentes todos los veranos.

Hace un par de años, asistimos a las guerras de banderas en los balcones, y un pueblo anónimo asomó sus cabreos engalanando el balcón con la rojigualda, o la senyera, o la estelada, y los más aguerridos trepaban por las rejas y quemaban la bandera que no resultaba de su agrado. También en las redes sociales se mostraron mil fotos de balcones españolados, lo que asustó mucho a los políticos, que rápido corrieron a ponerse la bandera de fondo en la foto. ¡Quién os ha visto de esa guisa, Sánchez, y quién os ve ahora…!

Desbanderados ya la mayoría de los balcones (si bien algunos aún conservan los restos desteñidos de tan cruenta batalla), han vuelto recientemente a la fama los balcones a raíz del confinamiento, donde han jugado un papel protagonista en los anhelos, odios e inquietudes de nuestro menestoroso pueblo hispánico.

Primero, todo fueron aplausos. Aplausos a los sanitarios, al policía y la cajera, aplausos a lo bien que se estaban muriendo los muertos, sin dar apenas guerra. Como había gente desobediente a las consignas oficiales, y paseaba a horas no autorizadas, o incluso bebía una cerveza sentado en el parque, aparecieron los llamados “policías de balcón”, gente encaramada a la autoridad en base a la legitimidad conferida por miles de horas de consumo televisivo, que se dedicaban a vociferar contra todo viandante sospechoso de liberal en lo que respecta a las normas. Mención aparte merece el subgénero de la maruja de balcón, figura femenina que vomitaba todo su odio y frustración contra el incauto que osara pasar bajo ella con un manojo de espárragos en la mano, en vez de con el preceptivo perro.

Luego unos se mosquearon por no sé qué, y empezaron a cacerolear, y ambos fenómenos llegaron a convivir en los balcones, incluso respetándose civilizadamente los horarios, unos a otros: aplausos a las ocho, caceroladas a las nueve. Todo muy pueril, hasta que algunos desempolvaron la bandera y el gobierno lo consideró una ofensa personal, y se armó la de Troya. Mandaron a los civiles a patrullar los balcones, tomar nota de banderas y mensajes sospechosos. De tal forma que hay ya una lista de balcones afectos, desafectos e indiferentes, como cuando lo de Franco… ¡con lo que le gustaba a ese hombre asomarse a los balcones!

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