Inicio Revista de prensa Cultura Efemérides: el primer ferrocarril español e iberoamericano estaba en La Habana

Efemérides: el primer ferrocarril español e iberoamericano estaba en La Habana

Por Alejandro González

Tal día como hoy de 1837, se inauguraba el primer ferrocarril de toda iberoamérica. Se trataba de la línea La Habana y Güimes, en la provincia española de la isla de Cuba, hoy República de Cuba. Por consiguiente, aquel fue el primer ferrocarril español, y no como a veces se atribuye a la línea Barcelona-Mataró (1848) que fue el primer ferrocarril peninsular, y que sigue en uso.

El desarrollo del ferrocarril a nivel europeo fue a partir de la segunda mitad del siglo XIX, lo que demuestra el nivel de progreso de las posesiones españolas de ultramar. Los kilómetros de vías de ferrocarril construidas daba una medida de la modernización que podía tener una nación. Antes de la existencia de los ferrocarriles, lo más rápido para moverte por un territorio eran las diligencias o carruajes regulares que circulaban por los infernales caminos de la época.

El éxito de la línea cubana, y los 29 kilómetros unidos en la Barcelona-Mataró animó a la construcción de otras vías como la de Madrid-Aranjuez (1851), conocido popularmente como el tren de la fresa. No obstante, la difícil ortografía y el atraso económico español retrasó la construcción de más vías kilómetros de vía. De hecho, en respuesta a los proble­mas orográficos, España utilizó un ancho de vía distinto al que se utilizaba en el resto de Europa. En lugar de los 1,435 metros europeos, se optó por una sepa­ración de 1,668 metros. El nuevo están­dar constituiría el “ancho de vía ibérico” (también Portugal). Más de veinte centímetros de ancho res­pecto a las vías europeas, que encontra­rían su justificación en el uso de máqui­nas de mayor potencia para salvar los accidentes del terreno.

A pesar de los contratiempos y de la falta de estabilidad, el ferrocarril significó una revolución para la industria y economía nacional, como demostraba su estrecha unión con la actividad mine­ra. Podríamos decir que la importancia de la Revolución Industrial no se concibe sin el carbón, el hierro, la siderurgia y esos vagones a pequeña escala con los que jugábamos de niño: el ferrocarril.

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