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El ethos y la democracia

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Por Iván Ábalos Blanco

Hay quienes piensan que la democracia formal con sus requisitos; la representación política y la separación de poderes, es incapaz de separar el mal del bien, puesto que todo es posible siempre que siga el cauce formal-legal de la democracia formal.

En primer lugar, quiero aclarar, que aunque muchos digan que esa democracia formal exista hoy en día en España, no es así, puesto que las cúpulas de los partidos políticos, son las que eligen a los diputados del parlamento mediante las listas de partido, y esto provoca que sean éstos diputados, quienes a las órdenes de quien los ha puesto en la lista, voten al presidente del gobierno y al poder judicial. Todo está en un pack que elimina a los electores de la elección (aunque suene contradictorio, es así), y crea una obediencia de los diputados hacia sus jefes de partido que unifica, o mejor dicho suelda, los poderes, eliminando la representación de la sociedad civil.

En una democracia formal, los poderes se elegirían de forma separada por los electores de manera que elegirían directamente a sus representantes en el parlamento y a su presidente. Además, también el órgano de gobierno de la justicia sería elegido por ciudadanos. Y todo esto con un sistema de check and balances donde el poder legislativo y el poder ejecutivo se pueden anular mutuamente y la justicia pueda bloquear acciones políticas ilegales y enjuiciar a los políticos que delinquen.

Sin embargo, hay quien critica también esta forma de gobierno porque se podría democráticamente imponer el mal. Pero no todas las opciones son válidas con una democracia formal, solamente que no están predeterminadas. El ethos, la moralidad colectiva, emana de la sociedad civil, no del Estado. Simplemente, la democracia formal asegura que las opciones provengan del sujeto del cual emana el ethos. Por eso lo que se predetermina en la democracia formal son las reglas de juego que hacen efectivo que el ethos nacional, que consiste en la tradición, las costumbres, la forma colectiva de vivir, y el progreso a partir de esto, rija en una democracia formal la acción legislativa y de gobierno.

La sociedad es partícipe de un ethos propio fruto del consenso social que desciende de la historia del grupo nacional. Este consenso social, ha sido sustituido por el consenso político propio de un Estado moderno cuando éste tiene maniatada a la sociedad, como es el caso de la partidocracia española. Pero la democracia formal desata a la sociedad civil y le da la capacidad de legislar a través de sus representantes elegidos por los electores y con capacidad de revocación.

El ethos es un hecho, no es algo que se pueda idear. Sólo puede ser idea, y por tanto un artificio, convertida en proyecto de ingeniería social fruto de no poner límites al Estado moderno frente a la sociedad civil. Sin embargo, el ethos nacional es una realidad, existente en el sujeto constituyente representado en un parlamento de representantes de una democracia formal. La sociedad civil como sujeto del cual emanan los poderes en una democracia formal no permitirá que la política vaya en contra de su moralidad, y la ley positiva producto de la legislación será acorde con el ethos nacional. La evolución de la sociedad y sus costumbres irán modificando las visiones del mal y del bien donde la democracia formal hará que la política sea acorde con la actualización natural de la sociedad.

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