miércoles. 23 de septiembre de 2020
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Miedo, realidad, política

Por Juan Antonio Negrete, filósofo, autor entre otros libros de Historietas de la filosofía griega, Diálogos de filosofía o La filosofía de Platón

Miedo, realidad, política

Leo furibundas condenas por parte de infinidad de personas, de un lado al otro del espectro político y de arriba abajo en el espectro intelectual, contra los malvados e irresponsables conspiranoicos (en torno a la pandemia). Como los conspiranoicos los habemos de diversos tipos (incluidos los que ni siquiera somos capaces de reconocernos conspiranoicos), me gustaría hacer mi, sin duda inútil, defensa pública. He aquí unas notas dispersas.

Comienzo por señalar lo bonito que es encontrar que todo el mundo está, por fin, de acuerdo en que algo es completamente real. Incluso quienes en sus libros y cátedras (porque el resto del pueblo nunca ha dudado de la verdad y bondad de lo que le dicen) han enseñado habitualmente que la realidad es, parcial o incluso totalmente, construida (por ejemplo, por el malvado capitalismo), han dado por fin con una realidad incontrovertible. Quienes han dicho, en todas las formas de la conjugación, que todo discurso, incluido o quizás sobre todo el científico-técnico, está cargado de ideología (es etnofalogocéntrico, es capitalista), por fin han encontrado una tesis científico-técnica que solo un irresponsable puede cuestionar. Quienes siempre han sostenido que algunos Ellos mueven los hilos de toda la información que recibimos e incluso de las vidas que vivimos (mediante técnicas de pánico o shock), por fin han encontrado algo en que todos los políticos del mundo, todas las instituciones, económicas y técnicas, son francos y veraces, quieren el bien de todo el mundo, y solo un paranoico puede ponerlo en duda.

Que, como recién llegados a la patria de la realidad, todos estos nuevos iluminados se hayan vuelto también furibundos inquisidores y vigilantes de la ortodoxia, aunque les hace adoptar un gesto grotesco y pequeño, típico del recién converso, bien se les debe perdonar: llevábamos todos mucho tiempo buscando, aunque fuera inconscientemente, alguna verdad, en esta época de postverdad y muerte de todos los discursos, y, he aquí que de pronto aparece la verdad en todo su esplendor, y como suele gustarnos: la verdad “aunque” duela (el dolor, para una cultura luterana y calvinista como la europea, es infalible prueba de verdad). Yo también, desde que me curé del nietzscheanismo, he dicho siempre (creía que era uno de los pocos) que existe la verdad y no todo es construido. Pero nunca he creído ni creo aún que esa verdad no esté mediada. Y, menos aún, creo en la diafanidad y asepsia de la verdad tecno-científica. Sinceramente, aunque todo ese acuerdo popular e intelectual es muy bonito (no digo: demasiado bonito para ser cierto, pues yo sí creo que la verdad es bella y la belleza, verdadera), sigo sin creer que todas las instituciones políticas del mundo se hayan vuelto de pronto francas.

¿Me sitúa eso en el “negacionismo”? Esa es una trampa demasiado vil. No sé si hay quienes niegan que realmente esté enfermando y muriendo gente, o bien ese es un buen hombre de paja. Yo no lo niego (siempre enferma y muere gente de muchas cosas, muchas de ellas evitables, como la desnutrición). Y es que no se me ocurre pensar que las fuerzas que estuvieran interesadas en establecer determinadas cosas serían tan imbéciles como para no apoyarse en alguna realidad, incluso no creada por ellos (lo que no creo que sea fácil de determinar), pero de la que se aprovecharían (de acuerdo con la fausta frase de José Ignacio Wert en FAES: “no podemos desaprovechar una crisis tan buena”). Quien critica la gestión de la verdad no niega que exista alguna verdad, sino lo que se ha hecho con ella, como le ocurría a aquel pobre Glauco de la República de Platón, al que se le habían adherido tantos restos marinos que no era reconocible si no era bien limpiado.

Puede uno recordar pasadas epidemias (como la gripe A), con ingentes compras de vacunas y todo eso. Quienes entonces (cuando el susto pasó y las vacunas se tiraron) denunciaban desde su sofá de intelectual de izquierdas las malvadas maniobras de poderes y corporaciones, hoy son los que llaman imbécil a quien pregunta si no habrá algo de eso otra vez. Pero lo más chistoso es que serán los mismos que, cuando esto pase y se abran (pseudo)investigaciones en el parlamento europeo, volverán a gritar aquello mismo, e incluso dirán que ellos ya lo sabían.

He leído por ahí que quienes, por ejemplo, encontramos absurdo llevar mascarilla cuando estás a metros de otra persona, y, en general, vemos con preocupación las tendencias totalitarias que con ocasión del pánico general está tomando el poder (no conscientemente siquiera, sino como el dispositivo leviatán que es), tales como reglamentaciones y vigilancias, hablamos por boca del miedo: el miedo a perder derechos que en realidad no están en peligro, pues nuestros bondadosos gobernantes, cuando nos hayan protegido a todos, que es ahora su único objetivo (se diría que, como ocurría con las olimpiadas de los griegos, han aparcado la guerra mundial constante, para cuidarnos), volverán a darnos nuestros amados derechos.

Pues bien, yo respondo que los que habláis desde el miedo sois todos aquellos que aceptáis sin rechistar cuanto prescribe el poder tecno-político. No hay que haber estudiado mucha psicología para saber que lo que el miedo opera en los sujetos es una búsqueda de seguridad en el grupo, especialmente en torno a sus líderes. Entonces, incluso las mentes más libres cuando todo iba bien, se vuelven chicos “responsables”, y, con un poco de tiempo, formarían escuadrones para linchar a los disidentes. Ahí se manifiesta su bajeza moral e intelectual. Y eso, lo siento, es lo que yo veo en muchos de vosotros: un enorme miedo, que se siente menos miedo creyendo que están del lado de la verdad, defendida por todas las instituciones del mundo entero, y jaleada por él, brave gens.

En España la cosa se acentúa por un pequeño detalle: gobiernan los amados de los intelectuales. Y estos intelectuales hay una única cosa que no pueden hoy hacer: criticar a sus representantes. Es una honestidad que no se pueden permitir casi ni sin miedo, así que… De modo que, quitando a los anarquistas de derechas, aquí no queda nadie con capacidad crítica. Y esos anarquistas de derechas siguen su propia inercia…

Por tanto: no, no hace falta negar que hay un problema de salud para cuestionarse muchas cosas, o, más bien, todas y cada una de las cosas que en una situación así hace el poder, y la masa tras èl y los intelectuales tras la masa. Justo allí donde habita el mayor peligro, está la mayor ocasión (o algo así, decía el loco de Hölderlin). Y este es el peor momento para creer ciegamente (lo mismo que para descreer) en la tecno-ciencia y en la política que dice basarse escrupulosamente en ella. Porque una cosa es evidente: los cambios políticos siempre se van a intentar presentar como justificados científicamente. Recordemos que el exterminio nazi era dirigido por médicos, con bata blanca, y con argumentos puramente científicos, genéticos. Lejos de mí (que no me chille otro de esos inquisidores que hay entre vosotros) comparar esto con el genocidio judío. Es una mera analogía. Claro que las analogías solo sirven para quienes no creen en la verdad pura y dogmática.

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